Escribe: José Luis Salvatierra
Casi como cada año, puntual a su cita con Europa y con el corazón en la mano, Eva Ayllón volvió a pisar suelo español para regalar una noche inolvidable a la comunidad peruana. En vísperas de las Fiestas Patrias, la máxima exponente de la música criolla y afroperuana convirtió la sala BlackBox del Palacio Vistalegre de Madrid en un auténtico bastión de orgullo nacional, donde cientos de peruanos se reunieron para celebrar el sentimiento de estar lejos, pero más cerca que nunca de casa.
La jornada comenzó bajo un sol de justicia. Desde horas antes del show, el público aguardó pacientemente en los exteriores del recinto. Más de una hora de espera a altas temperaturas que se desvaneció al instante cuando se abrieron las puertas y el aire acondicionado del local dio la bienvenida a una afición ansiosa por cantar.
Una puesta en escena sobria y un público cómplice
Media hora después de la cita programada, la artista apareció en el escenario. Vestida de un riguroso e impecable negro —en perfecta sintonía con la sobria escenografía y la atmósfera de la sala—, Eva tomó el micrófono para dar inicio a un viaje emocional a través del cancionero popular peruano.
Desde los primeros acordes, el público se convirtió en un coro multitudinario. Con cada tema, los asistentes unieron sus voces con tal fuerza que le permitieron a la criolla dosificar el aire y tomar impulso para afrontar con energía un repertorio exigente y cargado de memoria.
Uno de los momentos más conmovedores de la velada fue el emotivo tributo rendido a la recordada Carmencita Lara, que sacó más de una lágrima entre los nostálgicos. Sin embargo, la velada también tuvo espacio para el asombro: Eva sorprendió con dos canciones poco habituales que silenciaron por completo la sala: un tema con el que rememoró sus propios años como migrante en Estados Unidos, conectando con la nostalgia de los presentes. Y una composición con la firma de Daniela Darcourt, donde demostró su capacidad para dialogar con las nuevas generaciones de la música peruana.
Pero si algo domina Eva Ayllón es la psicología de su gente. Sabe con precisión milimétrica cuándo apretar el acelerador de la fiesta. Tras los momentos de íntima reflexión, la intérprete cambió radicalmente el pulso del concierto para dar paso a la potencia de los ritmos afroperuanos y a los himnos infaltables del criollismo.
Al sonar los primeros compases de clásicos inmortales como «Mal Paso» o «Esta es mi Tierra», la sala estalló. Las banderas roji-blancas volvieron a agitarse en lo alto y cientos de pantallas de teléfonos móviles se encendieron para inmortalizar el momento.
Para los peruanos que viven lejos de su patria, la cita no fue solo un concierto: fue una inyección de energía y un recordatorio de que, sin importar la distancia, la identidad se lleva en la voz y en la guitarra. Eva Ayllón volvió a cumplir su promesa y demostró, una vez más, por qué es la gran embajadora de la música peruana en el mundo.

