Entrevista José Luis Salvatierra
Con un viaje sonoro que viaja por el Caribe, los Andes y los cantos ancestrales, Diana Hernández —más conocida artísticamente como María Mulata— ha llegado por primera vez a España con su gira ‘Etérea y Terrenal World Tour’.
Con más de dos décadas de trayectoria, una Gaviota de Plata en Viña del Mar y tres nominaciones a los Latin Grammy, la cantautora colombiana es uno de los pilares fundamentales en la preservación e innovación de la música tradicional de su país.
En esta entrevista íntima, la artista reflexiona sobre sus orígenes, las duras realidades sociales que permean su canto y el reto de hacer resonar el folclor latinoamericano en el panorama internacional.
El origen de un nombre con aliento de ave y comunidad
— ¿Cómo prefieres que te llamen y de dónde surge tu nombre artístico?
— Adopté el nombre por un pájaro de la costa a raíz de una anécdota muy bonita con una maestra, Etelvina Maldonado de la Hoz, con quien aprendí a cantar bullerengue en La Boquilla, Cartagena. Las aves llamadas mariamulatas se quedaban allí a vernos cantar y ellas también cantaban.
Al investigar sobre el ave, descubrí que tiene un gran sentido de agremiación: cuando algo le pasa a una mariamulata, canta y las demás vienen a ayudarla. Además, conquista a su pareja bailando y cantando, que es en esencia lo que enmarca la música de los bailes cantados.
— ¿Y por qué el pájaro recibe ese nombre?
— Es un ave negra de ojos amarillos. Mucha gente me pregunta por qué María Mulata si soy de piel clara. Yo siempre digo dos cosas: primero, porque es el ave de la que tomé el nombre y la gente comenzó a reconocerme así; y segundo, porque soy el producto del mestizaje entre mi cara blanca y mi alma de negro. Todos en Colombia tenemos ascendientes negros y esa música afrocolombiana permeó muchas regiones.
Retratos de violencia, empatía y la música como bálsamo
— Tu trabajo destaca por una profunda investigación de campo. ¿Qué experiencias te han marcado en ese camino?
— Vivir de cerca la tristeza y el abandono de un país atravesado por la violencia y el paramilitarismo en zonas como el Urabá, que es inmensamente rica en cultura. Al acercarme a las cantadoras, descubrí que muchas tenían historias desgarradoras marcadas por el conflicto y la pobreza; varias de ellas murieron en el abandono absoluto, sin acceso a la salud.
Eso me partió la vida en dos. Entender que, aunque yo fuera citadina por ir a la universidad en Bogotá, la realidad del país seguía siendo dolorosa. Sin embargo, estas comunidades logran hacer la vida más llevadera a través del bullerengue y la danza. Por eso mis proyectos siempre abanderan esa realidad social, como Colcha de Retazos, una iniciativa enfocada en músicas infantiles y formación para niños en situación de vulnerabilidad.
— ¿De qué más nos hablan tus canciones?
— Retratan la cotidianidad: el amor, las realidades colombianas, el desamor. Tuve un disco dedicado a la tusa (el mal de amores, el olvido, la traición).
Mi nuevo álbum, Etérea y Terrenal, está dedicado a la sanación. Es el proceso por el cual entiendo la vida conectándome con mis ancestras y maestras desde un lugar más espiritual, sin dejar de aceptar que lo etéreo y lo terrenal nos componen como seres humanos. Habla de transitar la oscuridad hacia la luz tras haber salido de una depresión, de entender que no estamos solos y de cómo, a través de la danza y la música, es más ameno canalizar el dolor.
Desafíos de la industria y el valor del folclor
— Frente al auge de géneros urbanos y artistas mediáticos, ¿qué le falta a las músicas tradicionales para romper barreras a nivel internacional?
— Considero que el éxito no siempre significa llenar estadios. Falta mayor difusión y una apuesta decidida por parte de medios y canales, porque la música independiente no maneja los presupuestos millonarios de las grandes industrias. No es una cuestión de talento, sino de las dinámicas del mercado.
También hace falta que como latinos perdamos la vergüenza y el «malinchismo». A veces cuesta que reconozcan a nuestros propios artistas en su tierra antes de triunfar afuera, como ha pasado con figuras como Susana Baca o Totó la Momposina. Necesitamos abanderar con orgullo lo que tenemos.
— En algunos medios te han calificado como «la heredera de Totó la Momposina»…
— Siento un respeto inmenso por un nombre de esa magnitud. Nadie podría compararse con alguien tan grande como Totó. Además, ella tiene sus propias hijas y nietas que continúan su legado.
Lo mío busca contar la historia de toda Colombia de forma diversa: mi repertorio incluye no solo ritmos del Caribe, sino también cantos indígenas y bambuco andino, conectando con países como Perú, Chile o Argentina. Somos pedacitos de tela unidos por un mismo hilo: la diversidad.
— ¿Qué esperas encontrar en el público europeo?
— Más allá de los lazos históricos, debemos vernos como hermanos compartiendo el mismo idioma. En Europa se valora muchísimo el arte folclórico latinoamericano. Cada vez que suena un tambor o una voz tradicional, la gente se conecta con el ritmo de inmediato. Latinoamérica posee un abanico sonoro fascinante más allá de los referentes clásicos como lo cubano o lo brasileño, y es maravilloso poder compartir esa riqueza de nuestra colcha de retazos sonora.
