Sale
de un locutorio telefónico y
va derecho a un club donde se
juega Nintendo. En el barrio
Colón, en pleno centro de Loja, son
varios los locales con estas maquinitas
que “capturan” durante largas
horas a los jóvenes. Allí, jugando,
I.A. siente que puede olvidar. “El
Nintendo te captura pero no te emborracha”,
dice. ¿Qué es lo que quieres
olvidar?”, le pregunto. Con un largo
suspiro, empieza a narrar.
Todo lo que le ha pasado no parece
caber en sus 19 años: su papá se
fue a España cuando él tenía 7 años.
A los 17, se convirtió en padre de un
niño que hasta ahora no conoce, porque
a su enamorada se la llevaron
embarazada, también a España. Su
mayor deseo es que su hijo no repita
su propia historia. Pero no sabe
cómo va a evitarlo. También tiene
metas: la primera, terminar el colegio.
Repitió dos veces de año y dejó
las clases. Ahora está trabajando
para volver a estudiar y para enviar
dinero a su hijo.
Dice que bebe “a veces” porque quiere
olvidar. “Mi papá…mi hijo. Lloro
por mi familia, que cuando estaba mi
papá estaba unida. No quiero que la
historia se repita. Quiero estar con mi
hijo, abrazarlo y decirle lo que es
bueno y lo que es malo. Sí, tengo a
mi mamá, pero hay cosas que sólo le
puedes contar a tu papá,…”
¿Niños-problema?
Los 12 años que I.A. ha vivido sin su
papá, quien hoy reside en Barcelona,
lo han afectado. No ocurre lo mismo
con todos los niños cuyos padres
emigran. Investigaciones sociales
realizadas en Ecuador señalan que
hay casos de depresión, abandono,
problemas de aprendizaje escolar e
incluso conductas antisociales entre
los niños y jóvenes que se quedaron
sin el padre o la madre cuando éste
emigró. Pero al mismo tiempo los estudios indican
que estos casos no son la mayoría.
Patricia Gutiérrez está convencida de ello.
Trabaja en la
Pastoral de Movilidad Humana en la Diócesis de
Loja.
Conoce las situaciones que afrontan estos niños.
Ella
prefiere no hablar de problemas, sino de situaciones
más
o menos difíciles, según distintas variables.
“Inciden el tipo de relación que tengan los
niños con la
persona a cuyo cuidado quedan, la información
que les
dan sus padres sobre el viaje antes de irse, la forma
como mantengan el vínculo desde allá…”,
explica.
En los ocho años que lleva trabajando con estos
niños,
ha escuchado muchas veces frases como “en los tres
años que tengo viviendo con mi tía, siento
que soy una
visita en su casa”, “mi mamá me dijo
que se iba a
Guayaquil por dos meses y han pasado tres años….”
Algunos padres se fueron sin tener mayor información
de
cómo sería la vida en el lugar al que iban
y no dieron
mucha información a sus hijos. Algunos incluso
los engañaron,
como la niña a quien dijeron que se iban a
Guayaquil por dos meses. “Los niños tienen
derecho a
estar informados”, señala Gutiérrez.
Esta información,
afirma, minimiza el impacto negativo que de todos modos
genera la partida.
Pero insiste: aunque siempre hay un costo, “éste
no
implica que los hijos de los migrantes sean quienes tienen
más problemas de aprendizaje. o sean futuros delincuentes”.
Estudios realizados en colegios de Loja han
demostrado que los alumnos con bajo rendimiento escolar
no son todos los hijos de migrantes.
Otra vida
Estos muchachos sí experimentan un cambio notorio
en
sus vidas gracias al dinero que envían sus padres.
Visten a la última moda, tienen celular y, con
el tiempo, se
mudan de casa. Eso explicaría la gran cantidad
de tiendas de
venta de teléfonos celulares en Loja. En una
ciudad donde el sueldo mínimo oscila entre los
185 y los 225 dólares, sólo las remesas
pueden
explicar que los jóvenes compren teléfonos
que
cuestan en promedio unos 100 dólares.
César Sandoy, editor del diario lojano “La
Hora”, señala que el cambio de posición
económica
puede ser a la vez peligroso, pues los chicos“se
acostumbran a la vida fácil, a malgastar
el dinero, a la irresponsabilidad”. No es el caso
de todos, aclara.
Para Loja, la emigración significó el despoblamiento
del campo, pues las familias que quedaron
migraron –internamente- a la ciudad, sobre
todo al centro. Al centro de Loja se mudó la
familia de I.A. hace tres años. Aunque hoy su
papá ya no envía remesas como al principio–“dicen
que tiene otra familia en España”,
afirma
el muchacho-, sí ayudó a su mamá a
comprar
la nueva casa.
Por todas partes se ven proyectos urbanísticos
nuevos, sobre todo en las cercanías del centro
de la ciudad. “Esas casas se han construido
con dinero español”, afirma Sandoy. El destino
más frecuente de los migrantes lojanos es
España.
En el centro, también, vive ahora la familia de
Maikol. Tiene 22 años y hace 6 que su mamá
se fue a los Estados Unidos. El y sus dos hermanos
menores se quedaron con su papá.
Su caso, distinto al de I.A., parece confirmar la
tesis de Patricia Gutiérrez, pues él se
considera
un joven con aspiraciones y una vida normal.
Terminó el colegio y se puso de inmediato a
trabajar. Extraña a su mamá, pero se siente
tranquilo viviendo con su papá y sus hermanos.
Por las tardes trabaja en una cabina de Internet
y por las noches como conserje de un hotel.
Trabaja porque le gusta ser independiente y lo
suyo son los negocios, no los estudios.
Pregunta cómo puede abrir un negocio en
Perú, pues quiere tentar suerte en el vecino
país.
Dar herramientas
El 16 por ciento de los colegios en Loja tiene
entre 30 y 50 por ciento de sus escolares con
un padre o madre lejanos porque migraron.
Para enfrentar estos casos, la Diócesis de Loja
organiza campamentos y creó un programa de
orientadores escolares “Claro que hay situaciones
tristes, pero al mismo
tiempo nos hacían preguntas muy concretas como‘no
sé cómo manejar los problemas de
mis hermanos
menores’, ‘no sé cómo manejar
el dinero’”, recuerda
Patricia Gutiérrez. Descubrieron, entonces, que
lo
mejor no era sentarse a llorar con ellos, sino darles
herramientas puntuales para solucionar estas situaciones.
Nuevas familias
“Mi familia a lo lejos” es un blog que publica
el diario
ecuatoriano “El Comercio” en el que ecuatorianos
repartidos en todo el mundo saludan a sus familiares.“A
lo lejos” no es lo mismo que “lejana”.
Y es que las
familias en el Ecuador están aprendiendo a seguir
siéndolo, aún a lo lejos.
La familia como antes se conocía, papá,
mamá,
hijos,
la familia nuclear y feliz, está cambiando. “Pero
no se
puede responsabilizar a la migración de la existencia
de familias destruidas, de los divorcios, las familias
desintegradas”, recalca Patricia Gutiérrez.
Ella realizó
un estudio en la provincia de Azuay, en 1998, que
reveló que de 40 por ciento de familias que no
vivían
juntas, sólo en 15 por ciento la separación
obedecía
a que alguien viajó.
Lo importante es mantenerse “cerca” de alguna
manera. I.A. no sabe aún cómo desarrollar
un lazo
con su hijo. No lo conoce y sabe que todavía no
lee,
pero le han creado un e-mail al bebé y él
le escribe. “Algún día va a leer
mis cartas y podrá saber
cómo lo
quiero, pronto va a hablar y lo llamaré, es lo único
que puedo hacer, pues lo hago…”, afirma,
triste pero
con un dejo de esperanza.
“Algunos llaman a las familias de migrantes ‘familias
transnacionales’. Yo no sé, pero sí estoy
segura
que el concepto de familia en este país tiene
que replantearse”, concluye Patricia
Gutiérrez. Querer a lo lejos es difícil,
tal vez no imposible.
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